Al Menos En Fútbol, Es Improbable Que China Domine

El énfasis del Estado en lo individual sobre un deporte en equipo, un tratamiento despiadado a los atletas, los sobornos y la influencia corrosiva de las apuestas, entre otras, son razones que explican que la raíz del problema del fútbol en China está en el sistema que rige al país. Sin embargo, decenas de miles de chinos llenan los estadios para ver a sus compatriotas jugar mal.

Buda le dice a la gente que les puede cumplir solo uno de sus deseos. Alguien le pregunta: "¿Podrías abaratar el precio de la propiedad inmueble en China?". Al ver a Buda fruncir el ceño, le pide otro deseo: "¿Podrías hacer que el seleccionado de fútbol de China se clasifique para la Copa del Mundo?". Luego de un largo suspiro, Buda dice: "Hablemos de los precios de las propiedades".

En un país tan orgulloso de su estatura global, el fútbol, un punto de referencia por el cual la gente comprende y mide el fracaso, es un doloroso chiste nacional. Quizás, porque los fanáticos chinos aman este deporte con locura y quieren desesperadamente que su nación tenga éxito en esta disciplina.

Como todo deporte organizado en China, en última instancia, el fútbol es dominio del Estado; por lo tanto, de acuerdo con los métodos normales del Partido Comunista, el aparato estatal del deporte está protegido de la inspección de los ciudadanos, dado que provee de atletas que ganan medallas olímpicas en decenas de disciplinas. Sin embargo, el fútbol chino es tan flagrante e innegablemente horrible y corrupto que todas las suposiciones son válidas sobre las autoridades, los árbitros, los propietarios de los equipos y los jugadores e incluso, implícitamente, con respecto al corazón mismo del sistema comunista.

La resolución del acertijo de por qué el fútbol chino es tan malo se convierte, entonces, en una investigación subversiva. Implica desentrañar muchos de los aspectos en que las políticas chinas puedan estar equivocadas. Todo ciudadano chino a quien le interese el balompié participa en esta subversión, cada uno con alguna teoría, echándole la culpa a las escuelas, la escasez de canchas, el énfasis del Estado en lo individual sobre el deporte en equipo, su tratamiento despiadado a los atletas, la política del hijo único, los sobornos y la influencia corrosiva de las apuestas. Todas ellas conducen de vuelta a la misma conclusión: la raíz está en el sistema.

Por otra parte, una reciente campaña contra la corrupción en el fútbol ofrece poco consuelo; simplemente refleja los resultados pírricos de la lucha oficial contra la corrupción en toda China.

Los chinos se precian de sus muchas invenciones, reales o supuestas. Con la bendición de la FIFA, reclaman tener la más temprana versión mundial de un deporte similar al fútbol que se jugaba durante la dinastía Han en el siglo II AC. Una versión del juego llamado "cuju" consistía en patear la pelota a una sola red con dos equipos de doce hombres.

El fútbol en China

Sin embargo, en la época que se innovaba el fútbol en Inglaterra durante el siglo XIX, el "cuju" y sus variantes ya habían desaparecido.

El balompié se introdujo en la China moderna como un invento extranjero, pero lo adoptaron los jóvenes nacionalistas que luego gobernarían la nación. A los 20 años, Mao Zedong jugaba de arquero en un instituto de formación docente en su nativa provincia de Hunan.

Deng Xiaping gastó sus preciados francos para ver los partidos de fútbol de las Olimpíadas de París en 1924, cuando estudiaba en Francia. Décadas más tarde, ya convertido en uno de los más poderosos líderes chinos, Deng seguía siendo un fanático del fútbol. Cuando visitó a la selección nacional, dijo a los jugadores que esperaba que fueran un equipo excelente lo antes posible.

Eso fue en 1952. Cuatro años después, luego de que el equipo del Ejército de Liberación Popular (ELP) perdiese ante una escuadra juvenil yugoslava, Mao se reunió con los jugadores adversarios, de acuerdo con el diario del ELP, y les expresó que "hoy perdimos con ustedes y, quizás, volvamos a seguir perdiendo en los próximos doce años. Pero sería muy bueno que les ganásemos en el décimo tercer partido". En 1969 el fútbol chino, sin embargo, estaba en escombros en medio del caos de la Revolución Cultural.

En julio pasado, sin inmutarse por la falta de progresos en las décadas precedentes, el vicepresidente Xi Jimping, el supuesto próximo líder de China que es también un fanático del fútbol, agregó sus propios "tres deseos": primero, clasificar para otra Copa del Mundo; segundo, ser sede de una Copa del Mundo; finalmente, ganar una Copa del Mundo. Con sabiduría, Xi no fijó ninguna fecha límite.

Problemas

Lo que aflige al fútbol chino, no es la falta de pasión de sus líderes nacionales. En todo caso, lo opuesto puede ser un problema. El enfoque de la práctica de los deportes controlada por el Partido Comunista Chino ha rendido magníficos resultados en los deportes individuales, habiendo contribuido a que China ganase más medallas de oro en las Olimpíadas de Beijing en 2008 que cualquier otro país. Pero este "modelo soviético" ha demostrado ser catastróficamente inadecuado para armar un equipo de once futbolistas y mucho menos una selección nacional.

El primer problema es el método para identificar jóvenes talentos. El sistema selecciona niños con atributos especiales, tales como largas extremidades, que podrían dar réditos en atletismo, remo, natación o gimnasia. Pero las leyendas del fútbol pueden surgir de las complexiones físicas menos prometedoras: piénsese en el rechoncho Diego Maradona, quizás el mejor jugador del mundo de todas las épocas, o su sucesor, el pequeño genio Lionel Messi.

Entonces, hay un tema de medallas de oro y costos de oportunidad. China persigue el oro mediante la canalización de atletas en deportes individuales que le permiten cosechar múltiples medallas en las competencias internacionales. El fútbol, en cambio, solo puede darle una medalla o una Copa del Mundo; en realidad, dos copas si contamos a las mujeres.

Pero las contradicciones y las debilidades del capitalismo chino también han jugado una parte en la ignominia futbolística de ese país. A principios de los años noventa, cuando se llevaban a cabo las reformas económicas, China lentamente permitió que algunos de los equipos de propiedad del Estado funcionasen más como empresas comerciales y, eventualmente, se fue estableciendo una liga profesional de clubes con compañías auspiciantes, inversiones y salarios más elevados. El pago para los jugadores todavía era bastante bajo en comparación con Europa, pero las estrellas locales empezaron a ganar cientos de miles de dólares por año, una fortuna en esa época. La era del fútbol profesional comenzó en 1994, pero al igual que con otras actividades organizadas en China, el Estado retuvo el control.

En todo caso, volcar carradas de dinero en una burocracia inconmensurable solo empeoró las cosas. Las empresas estatales, buscando la gloria en la cancha, despilfarraron el dinero del gobierno en los equipos que auspiciaban. Los inversores privados siguieron el ejemplo y una competencia despiadada aumentó dramáticamente los salarios de los jugadores estrellas. Una espiral de pagos similar también ha afectado a las ligas de otros países; pero, en China, algunos clubes con partidarios menos ricos encontraron formas de sobrevivir muy creativas.

Los inversores se las ingeniaron para amañar partidos como favores a las autoridades locales, quienes nominalmente controlan a los clubes. Ese tipo de encuentros se denominan partidos de "favor", "relacionamiento" o "tácitos" y no están mal vistos en el ambiente futbolístico. Las organizaciones de juegos de azar
también comenzaron a ejercer influencia sobre los inversores, árbitros, directores técnicos y jugadores. Eso evolucionó en un sistema de reparto donde cada uno se llevaba su parte.

A fines de la década del noventa, era claro para algunos conocedores del ambiente que a pocos dirigentes de fútbol les importaba la calidad o la integridad del juego. La fábrica de automóviles Geely quitó su apoyo a un club en la ciudad sureña de Guangzhou en 2001, justo ocho meses después de haber acordado una inversión. "Estaba asombrado", dijo Li Shufu, jefe de Geely, a la prensa. "Por un partido, se ofrecían sobornos en yuanes equivalentes a US$ 120.000 y US$ 240.000, y nunca se detuvo a un solo jerarca o un árbitro".

Nadie fue procesado porque, en el estilo propio del comunismo, la Asociación China de Fútbol, una organización que estaba profundamente involucrada en el arreglo de partidos, era la misma autoridad encargada en 2001 de investigar y castigar la mala conducta. El resultado fue el encubrimiento de todo el sistema, no habiendo sido una coincidencia que fuese justo unos meses antes de que el seleccionado chino participara en la ronda final de la Copa del Mundo de 2002.

Luego de la vergonzosa salida de China de ese torneo, las cosas empeoraron. Al declinar los auspiciantes y las inversiones privadas, se vieron afectados los salarios. Esto hizo que los jugadores fuesen aún más susceptibles al poder de las organizaciones de apuestas. Simultáneamente, con el florecimiento de la economía china, el volumen del juego aumentó en forma espectacular.

Finalmente, en 2007, una investigación sobre el arreglo de partidos en Singapur siguió la pista de los cabecillas. Las autoridades de ese país dieron información a la policía del noreste de China, lo que dejó al descubierto irregularidades en cuanto a los juegos amañados en esa región y que, en una segunda instancia forzó a una depuración más severa en el fútbol chino en 2009-10. Esta vez unas veinte personas, incluyendo un árbitro que era considerado el más honesto de este deporte -y conocido como el "silbato de oro" por su incorruptibilidad-, fueron capturadas en la ofensiva.

A medida que los jerarcas iban siendo detenidos, un desfile de confesiones lacrimosas y recriminaciones se vieron en la televisión nacional. Un árbitro lloroso explicó que una vez había rehusado el soborno de un club para amañar un partido solo porque un jerarca de alto nivel de la asociación de fútbol antes le había pedido que arreglase el resultado. Este árbitro también le dio al público una idea de la jerga para el arreglo de los juegos: cuando un jerarca le enviaba un mensaje solicitándole que impartiese "justicia ecuánime", significaba que debía favorecer al equipo visitante.

La podredumbre en la corrupción llegó a la cima: Nan Yong, entonces el máximo jerarca de la Asociación China de Fútbol, confesó que los jugadores podían comprar sus puestos en el seleccionado nacional por 100.000 yuanes, aunque eso ya no fue una sorpresa. Las autoridades desde hacía tiempo presionaban a los sucesivos directores técnicos de la selección para que designaran a ciertos jugadores. Hace dos años, más de cien jugadores fueron preseleccionados para la escuadra nacional, una cifra sospechosamente alta ya que más que duplicaba el número habitual. Si incluso los honores más preciados se han vuelto commodities vendibles, ¿puede el fútbol chino esperar tener héroes?

Los héroes son los villanos

Ciertos candidatos poco probables -los desarrolladores inmobiliarios- han dado un paso adelante para convertirse en los salvadores del fútbol chino. En la jerarquía de villanos de los dibujos animados de la sociedad china, los desarrolladores figuran entre los más despreciados ya que se les acusa de que se ponen de acuerdo con jerarcas corruptos para quitarle la tierra a la gente.

Pero los desarrolladores realmente cuentan con efectivo. El Evergrande Real Estate Group, que está controlado por el multimillonario y miembro del Partido Comunista, Xu Jiayin, que adquirió en 2010 al Guangzhou Pharmaceutical F.C. caído en desgracia cuatro años atrás, está gastando dinero como si fuese el dueño del Real Madrid. Evergrande paga salarios generosos y bonos por cada triunfo, lo cual reduce los incentivos para que los jugadores arreglen los partidos, y también está construyendo una enorme escuela de fútbol.

En la actualidad, los propietarios de trece de los dieciséis clubes que componen la Súper Liga China son desarrolladores inmobiliarios o tienen grandes intereses en bienes raíces. Se dice que algunos han recibido terrenos baratos de los administradores locales a cambio de su apoyo para los clubes. Varios tienen intenciones de construir más canchas de fútbol en esos predios.

¿Niños a jugar? 

Como era de esperar, los niños no están haciendo cola para convertirse en estrellas de fútbol. Entre todos los factores, quizás se debe a que las esperanzas para el futuro del balompié son oscuras. Desde 1990 a 2000 había más de 600.000 adolescentes en China que practicaban fútbol en alguna institución, según los registros oficiales. Entre el año 2000 y 2005 ese número cayó a un promedio de 180.000. Hoy, con una diferente metodología estadística, las autoridades del fútbol estiman que la cifra es de menos de 100.000 jóvenes.

A pesar de estar deseosos de ver fútbol, los años de escándalos y fracasos han fomentado el escepticismo de los padres para alentar a sus hijos que practiquen este deporte. En todo caso, la mayoría no quiere que sus niños pierdan el tiempo con la actividad deportiva. El sistema educativo está orientado a rendir pruebas estandarizadas, lo que requiere largas horas de trabajos domiciliarios, que son consideradas por muchos progenitores como la senda solitaria hacia el ascenso social.

De todos modos, si los resilientes fanáticos son un indicio, la esperanza no está totalmente perdida. Millones de chinos miran los partidos de la Súper Liga China por televisión, que a menudo logra mejores ratings que el basquetbol en las regiones donde son transmitidos. Se dice que abochornada por la irresponsabilidad de la dirigencia del fútbol, la cadena nacional CCTV discontinuó la transmisión de los partidos de liga en 2008. Decenas de miles de chinos, sin embargo, llenan los estadios de las grandes ciudades para ver a sus compatriotas jugar mal.

Los allegados al ambiente futbolístico sostienen que la situación de este deporte es más limpia de lo que ha sido desde el comienzo de la era profesional. Es el lógico, pero quizás fugaz, dividendo de cualquier campaña anticorrupción de alta exposición. El director técnico coreano del club Evergrande, que es el extranjero con mayor permanencia en el fútbol de China, sostiene que los jugadores chinos no se esfuerzan tanto como sus pares en las grandes ligas del mundo. "Quizás piensan que todo consiste en establecer buenas relaciones con sus superiores", dijo. "En la mayoría de los clubes es así. Lo que importa son las conexiones, no el trabajo duro". Los mejores jugadores de su equipo, el principal club del país, son en su mayoría extranjeros que ganan millones de dólares al año.

Podría decirse que después de 2.000 años, China todavía aguarda su primera estrella de fútbol autóctona. Aunque ese país se ha mostrado espectacularmente capaz de superar sus problemas en otros tipos de competencias, en fútbol, al menos, la espera por la gloria parece que va a ser larga.


 

 

Fuente:www.elpais.com.uy

 

 


 

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