Suerte Dispar Para Las Tribus Norteamericanas

Los indios suponen el 0,8% de la población de Estados Unidos. Fueron hostigados y hoy ostentan privilegios sobre el negocio del juego. Otros prosperan por su cuenta, e incluso tienen condecoraciones militares. Los menos ambiciosos subsisten con subsidios del Gobierno.

La descendiente de Pocahontas es funcionaria. Su nombre es Luna Pálida, aunque en las nóminas del Gobierno figura como Joyce Krigsvold. Ella regenta el centro de visitantes del poblado de Pamunkey, una de las 310 reservas indias que quedan en Estados Unidos. Es, y se siente, afortunada, pues casi la mitad de las 550 tribus de nativos identificadas en el censo norteamericano carece de circunscripción.

El reconocimiento administrativo, empero, no concuerda con el aislamiento geográfico. El asentamiento se revela entre los dorados maizales de Virginia, a tres horas de Washington DC, como destino de un sinuoso sendero abierto al paso de las mulas y que hoy aprovechan los autos. Desemboca en Pocahontas Street, que une la iglesia indobaptista con el lugar de trabajo de Luna Pálida. Guía nuestra visita al museo, una ínfima colección de instrumentos rudimentarios y  reliquias, con el dedo, sin levantarse. Parece sorprendida por el mero hecho de tener visita.

"No viene mucha gente por aquí, ya que somos un pueblo muy pequeño, de unos 100 habitantes", reconoce. "Nos dedicamos a cazar, pescar o cultivar, pero de forma tranquila. Aquí todo el mundo vive de las ayudas del Gobierno. Algunos somos empleados públicos, pero la mayoría recibe pensiones de jubilación", agrega.

Los amerindios, que representan el 0,8% de la población de Estados Unidos, ocupan el 1,9% de su funcionariado, de acuerdo con la Sociedad de Empleados Gubernamentales Americanos.

Luna Pálida, entretanto, moldea la arcilla en una artesanía primitiva que venderá a los turistas en ferias de pueblos cercanos.

A la salida emerge el perfil de Powhatan en una gran roca, en alusión al dibujo que el explorador John Smith inmortalizó en su mapa en 1612. Powhatan fue el rey jefe de la confederación indígena del mismo nombre, que significa En las cascadas, y, sobre todo, fue el padre de la princesa Pocahontas. "Los de la compañía Disney estuvieron por aquí antes de hacer la película, pero la verdad es que no se quisieron enterar de nada. Es totalmente falsa. Todo mentira. Por las fechas, Pocahontas nunca pudo tener un romance con John Smith", asegura Luna Pálida, quien se confiesa "descendiente" de la princesa.

"Powhatan poseyó a todas las mujeres de la aldea, por lo que todos somos sus herederos", añade.

Cierra, en mitad del horario laboral, y nos conduce en su turismo a la tumba del rey y jefe. Bolsos de flecos aderezados de plumas, una bolsita de té con tierra, pulseras hechas con pinzas de cangrejo y un pañuelo cuelgan del totémico madero que gobierna el promontorio. Powhatan descansa frente al río Pamunkey, que da nombre a la tribu, y a una advertencia: "Prohibido cazar y pescar si no perteneces a la reserva. Los infractores serán sometidos a la ley tribal".

Un estado dentro de otro estado

La soberanía de las denominadas naciones indígenas -el famoso Estado dentro de un Estado- sometidas a la Constitución estadounidense, aunque con una autonomía sustancial, han alumbrado numerosos conflictos.

En 1832 la Corte Suprema falló de la siguiente manera sobre la colonización jurídica de la nación Cherokee por el estado de Georgia: "La nación Cherokee es una comunidad distinta; ocupan su propio territorio, dentro del cual las leyes de Georgia no pueden tener ninguna fuerza. El comercio entero entre Estados Unidos y esta nación está reservado, por nuestra constitución y leyes, al gobierno federal de los Estados Unidos".

El marco para la coexistencia se complicó con la incursión de las tribus en el negocio de los juegos de azar. En 1988, el Congreso aprobó la Indian Gaming Regulatory Act, una legislación basada en la discriminación positiva de los nativos, que amparaba el establecimiento de casinos en las reservas, aunque estas pertenecieran a estados cuyas leyes federales prohibían el juego. Al favorecer el negocio de los casinos indios, se fomentaba la autosuficiencia y la soberanía de las tribus.

Ante los recursos, el Tribunal Supremo resolvió que los casinos tribales sólo podrían erigirse en aquellos estados donde el juego hubiera sido legalizado, aunque podrían establecer, por encima de la regulación estatal, su propio límite de premios. Dicha regulación, en opinión de la Corte, atentaba "contra la empresa indígena". Las naciones indias pueden aplicar impuestos en las salas de juego y la compra de mercancías, pero ostentan una autoridad muy limitada ante personas de otras etnias.

"La gente piensa, incluso, que en las reservas indias no pagamos ningún impuesto federal o estatal", asegura Carl Custalow, Águila Solitaria, jefe de la tribu mattaponi. "Las únicas tasas que no estamos obligados a pagar proceden de lo que producimos en nuestra tierra. Si cogemos un pez en Mattaponi y lo vendemos, no pagamos impuestos por esta transacción. Pero si yo trabajo fuera del poblado, estoy sometido a los mismos tributos que el resto. Tampoco tenemos impuestos de patrimonio, pues la tierra es nuestra", agrega. Uno de los deberes del jefe tribal es presidir la ofrenda anual al gobernador del estado durante la ceremonia del pago de impuestos, compuesta por un venado, tres flechas y 20 pieles de castor. El rito, tradicional de la víspera Acción de Gracias, culmina con ambos representantes fumando la celebérrima pipa de la paz.

En la actualidad hay más de 450 casinos indios en Estados Unidos, cuyo volumen de actividad supone el 30% de la industria del azar en el país, a la par de los fastuosos complejos de Las Vegas y Atlantic City. En 2006, los ingresos tribales por el juego ascendieron a 25.100 millones de dólares, mientras que los de la Ciudad del Pecado apenas sumaron 6.000, de acuerdo con la consultora PricewaterhouseCoopers. Casi la mitad de las tribus regentan el negocio del juego, que registró un crecimiento anual previo a la crisis del 15% y que en 2010 declaró pérdidas por valor de un 4%. En Las Vegas, sempiterna rival de las tribus sobre tapetes de póquer y ruleta a la francesa -pese a que los cherokees poseen allí el casino Harrah's-, la caída se disparó hasta el 14%.

Desempleo y alcoholismo

En la coqueta aldea de Luna Pálida no hay casino. Presenta, en cambio, antenas parabólicas orientadas hacia el sol como girasoles futuristas, canastas, embarcaciones y un campo de golf. Resuena el canto de las cigarras. En Pamunkey el tiempo es espeso. Es un excedente más de la tierra y de los dólares de la Administración. Adscritos al funcionariado, el desempleo, que afecta al 17,2% de los indios frente al 9% de los hombres blancos, no es una preocupación para ellos.

Sí lo es el abuso del alcohol, causante de más del 13% de las muertes de indígenas, frente al 3,3% del total del país. O de la metanfetamina, evocadora de alucinaciones místicas del pasado y que el FBI califica de "epidemia", a la par que la sitúa como la causa del 50% de los crímenes violentos, abusos sexuales y robos registrados en los poblados.

En el lejano oeste, donde escasean los contratos públicos, la comunidad indígena se ha confirmado como la más erosionada por la crisis. En 2007, la tasa de paro entre la población nativa era del 7,7%; en la primera mitad de 2010 ya alcanzaba el 15,2%. La tasa de pobreza entre sus integrantes es del 30%, el triple de la media del país: 100.000 familias están desprovistas de un techo, el 11% carece de cocina, el 18%, de teléfono, y el 72%, de gas. De acuerdo con la ONU, una de cada tres indígenas será violada a lo largo de su vida. Por un blanco, en un 80% de los casos. Y el delito quedará impune.

"En 1978, nuestro gobierno tribal fue despojado de la autoridad para juzgar a violadores y abusadores" forasteros, señala Terri Henry, concejal del poblado Cherokee del Este, asentado en Carolina del Norte.

Para evitar la tendencia al exceso de un colectivo marginado, la ley obliga a que un 60% de los ingresos por juegos de azar sea invertido en programas de desarrollo local. La potencia del privilegio en el libre mercado del azar es tan grande que Joe Shirley, presidente de los indios navajo, solicitó y obtuvo en 2005 un crédito de 400 millones de dólares para construir su propio casino. Por entonces, el 60% de su pueblo desconocía lo que era un teléfono y el 32% carecía de acceso a cualquier tipo de alcantarillado.

Acaso el mayor ejemplo del sueño americano sea el del clan semínola. Empujados a los pantanos de Florida por el Ejército norteamericano a mediados del siglo XIX, la mayoría cohabita aún con cocodrilos y pitones de borneo en los manglares, a escasas dos horas de carretera de Miami Beach, y a una más de Disneyworld en Orlando, del Dalí Museum de la localidad de Saint Petersburg o de la residencia de Hemingway en Key West.

Los Everglades, el mayor territorio subtropical de Estados Unidos con cerca de 606.000 hectáreas de humedales, atraen a esta reserva Patrimonio de la Humanidad a más de un millón de visitantes al año y al calor de sus dineros han prosperado numerosos negocios de los indios antaño desterrados. Aldeas como la de los miccosukee ofrecen los adornos típicos de la artesanía nativa entre espectáculos circenses con cocodrilos, y paseos en barca por manglares presuntamente vírgenes por unos 20 dólares.

El polvoriento trasiego de turistas con aroma a crema solar es la raíz capitalista de los indoamericanos, el germen de la empresa Seminole Tribe of Florida, cuya filial, Seminole Hard Rock Entertainment, adquirió la multinacional de la hostelería Hard Rock Café en 2006 por 965 millones de dólares. La operación estuvo asesorada por las recientemente conocidas Merryl Lynch y Goldman Sachs. Junto a sus dos hoteles y casinos, la tribu posee y explota otros cinco casinos en Florida, famosos por sus combinados de filete y langosta. En España, la cadena cuenta con tres establecimientos, en Madrid, Barcelona y Gran Canaria.

Cascabeles del valle de la muerte

A 2.700 millas de los Everglades florecen otros negocios indoamericanos, como el Stovepipe Weels, un complejo residencial situado en el núcleo del Valle de la Muerte, donde los Malloy dispensan hospitalidad. Circundado por la mítica Ruta 66, el motel de esta familia indoamericana es un oasis de ese Far West que atornilló el prejuicio sobre su etnia, la timbisha shoshone, a golpe del martillo de los colts y la balacera. A mitad de camino entre Los Ángeles y Las Vegas, los regentes acogen a turistas de todo el mundo en su rancho del desierto, entre tipis y locomotoras decimonónicas, colmando su experiencia viajera con el acervo y consejos de supervivencia.

"Dar un paseo al atardecer por el Valle de la Muerte es una experiencia única, pero también la más peligrosa, puesto que es el momento en que las serpientes de cascabel, ocultas del sol por el día, salen de caza", alecciona la señora Malloy a los visitantes durante el desayuno, recomendando a los curiosos no abandonar los senderos ancestrales acotados por hitos.

Los Malloy son un ejemplo del éxito amerindio, una forma de hacer fortuna de la propia cultura. Pese a la irrefutable tentación que supone el dinero público, no son pocos los nativos que se han erigido en punta de lanza del progreso norteamericano, a quienes el propio Capitolio de Estados Unidos reconoce su labor con las estatuas de bronce del guerrero shoshone Washakie o de la activista Sarah Winnemucca, la primera escritora india que publicó una obra en lengua inglesa, que lucen en el interior del Congreso norteamericano bajo la corona de la diosa Libertad.

Sin abandonar el Mall de la capital, el Museo Smithsonian de Cultura Amerindia exhibe una inmensa bandera barriestrellada confeccionada por la nomenclatura de las casi 600 tribus nativas del país. Poblaciones como la de mattaponi, en el estado de Virginia, justifican este reconocimiento. Esta reserva vecina de Pamunkey exhibe con altivez sus tipis de las épocas pasadas, tiendas de forma cónica cubierta de telas, y en no pocos garajes de sus idílicos chalés, tótems y coches tuneados comparten protagonismo.

No obstante la miscelánea de Pocahontas y la MTV, acaso el terreno más significativo de Mattaponi sea su cementerio. Sobre la tierra húmeda la tribu ha erigido panteones familiares singulares por su duplicidad. Sirva de ejemplo el mausoleo del clan Custalow, los jefes de la tribu, que reproduce las fotografías de los caídos por los Estados Unidos con el penacho y las pinturas tradicionales, identificada cada una por el apodo indio correspondiente en una parte, los nombres oficiales y las condecoraciones de guerra y la cruz de los cristianos en la otra, completando la personalidad de quienes fueron guerreros del alma en la nación pragmática.

Las medallas del Ejército norteamericano se suceden en cada una de las sepulturas de todas las genealogías, desde las Grandes Guerras a las cenagosas invasiones de Irak, ora posando con la enseña y el rosario en ultramar, ora inscribiendo bellos poemas ultramontanos que certifican que "la Tierra no es una herencia de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos", un legado de arcilla expropiado por el hombre blanco porque "no hay árbol que el viento no sacuda", esos yanquis a quienes hubieron de unirse en pos de un progreso lejano, debido a que "la más larga caminata comienza con un paso". 

 


 

 

Fuente:www.intereconomia.com

 

 


 
Banner
Banner
Banner