La Habilidad Empresaria De Trump No Funcionó En Atlantic City

El candidato republicano a la Casa Blanca, Donald Trump, se jactó en diversas oportunidades en su campaña electoral del éxito que tuvo con sus centros de juego en la ciudad de Atlantic City; incluso de cómo burló a las firmas de Wall Street que financiaron sus casinos y vincularon su nombre con la riqueza. Un argumento central de su candidatura es que llevará la misma destreza en los negocios a la Oficina Oval, haciendo por los Estados Unidos, lo que hizo por sus empresas. Sin embargo, la historia de su paso por esa ciudad de Nueva Jersey, no parece ser un éxito de habilidad empresarial.

Hoy el Trump Plaza Casino & Hotel de Atlantic City está cerrado y abandonado; el Trump Marina Hotel Casino fue vendido en pérdida hace cinco años y ahora es conocido como el Golden Nugget; el Trump Taj Mahal, ahora con un nuevo propietario, es todo lo que queda del imperio de Donald J. Trump.

"Atlantic City impulsó un gran crecimiento para mí", dijo Trump en una entrevista en mayo, resumiendo su historia de 25 años en la ciudad costera. "El dinero que saqué de allí era increíble".

Su personalidad audaz y las propiedades opulentas llamaron la atención, cuando la ciudad trató de superar a Las Vegas como capital del juego del país. Sin embargo, un examen minucioso de las revisiones regulatorias, expedientes judiciales y declaraciones revisadas por el periódico The New York Times, deja pocas dudas de que la industria de los casinos de Trump fue un fracaso prolongado.

A pesar de que ahora el candidato explica que sus casinos fueron alcanzados por la misma ola que golpeó a la industria de las apuestas de esta ciudad, en realidad Trump estaba fallando en Atlantic City desde mucho tiempo antes.

Cuando sus empresas estaban mal, Trump puso poco de su propio dinero para salvarlas. Cambió sus deudas personales hacia los casinos y recogió millones de dólares en salario, bonos y otros pagos. La carga de sus fracasos cayó sobre los inversores y otros que habían apostado en la visión del empresario para los negocios.

En tres entrevistas con The New York Times desde finales de abril, Trump reconoció de manera general que la alta deuda y los ingresos rezagados habían afectado a sus casinos. No recordaba detalles acerca de algunas cuestiones, pero no puso en duda los hallazgos a los que llegó el periódico. Hizo hincapié en repetidas ocasiones que lo que realmente importa acerca de su estadía en Atlantic City era que había hecho un montón de dinero allí.

Trump montó su imperio de casinos con dinero prestado a tasas de alto interés -después de decir a los reguladores que no lo haría-, que las empresas no tenían casi ninguna posibilidad de éxito.

Sus empresas de casinos se presentaron cuatro veces ante la Corte De Quiebras, cada vez que persuadió a los tenedores de bonos a aceptar menos dinero en lugar de ser eliminados. Pero las empresas añadieron deuda más cara y regresaron a la Corte para protegerse de los acreedores.

Después de escapar por los pelos a la ruina financiera a principios de 1990, retrasando los pagos de sus deudas, Trump evitó una segunda posible crisis poniendo en oferta pública sus casinos y transfiriendo los riesgos a los accionistas.

Nunca fue capaz de atraer a suficientes jugadores para salvaguardar todos los préstamos. Durante una década, cuando otros casinos prosperaron en Atlantic City, los de Trump no, con enormes pérdidas año tras año. Accionistas y tenedores de bonos perdieron más de U$S 1.500 millones.

Trump alega que dejó Atlantic City en el momento justo. Los registros, sin embargo, muestran que se esforzaba por aferrarse a sus casinos años después de que la ciudad había alcanzado su punto máximo, y no sólo porque sus inversores ya no lo querían en una función de administración.

Algunos recuerdan con cariño la espectacularidad de Trump, los miles de personas que empleó en la ciudad, y las decenas de millones de dólares en ingresos fiscales que generan sus casinos.

"Era una gran persona para la compañía", dijo Scott C. Butera, el presidente de la compañía de Trump en el momento de su quiebra de 2004. "Con su supervisión, su marca y el marketing, era muy hábil".

Pero muchos otros estaban contentos de ver que se alejaba del negocio.

"Puso a un número de contratistas y proveedores fuera del negocio cuando dejó de pagarles", dijo Steven P. Perskie, que fue regulador de casinos de Nueva Jersey a principios de 1990.

Era abril de 1990, y Trump estaba abriendo oficialmente su tercer lugar de juego en Atlantic City, el proyecto más grande de su carrera: el Trump Taj Mahal de 1.000 millones de dólares. Era de proporciones descomunales, con su torre de 42 pisos fue el edificio más alto de Nueva Jersey, y el casino era el más grande del mundo.

En muy poco tiempo, Trump se había convertido en una figura dominante en Atlantic City, con sus casinos que representaban casi un tercio de los ingresos del juego y empleaba a más de 8.000 personas.

Primer casino

Trump Plaza fue el primero, a principios de la década del 80, forjando una asociación con Harrah's Entertainment, un operador de juego de nivel nacional. Abrió en 1984.

Harrah aceptó el trato, con U$S 220 millones en financiamiento para la construcción del proyecto, y a pagar una comisión de gestión de la construcción de U$S 24 millones, además de darle la mitad de las ganancias.

Desde el principio, los socios estaban en desacuerdo sobre su comercialización y el nombre.

"No fue una asociación bien diseñada," dijo Philip G. Satre, el presidente retirado de Harrah. "Fuimos una gran empresa con un enfoque institucional para gestionar un negocio, y él era un verdadero empresario de bienes raíces".

Posteriormente Trump compró el casino Hilton casi terminado por U$S 320 millones, llamándolo Trump Castle. Su compañía emitió U$S 352 millones en bonos para terminar la construcción y abrir el casino, y un adicional de U$S 32 millones. Ese casino abrió sus puertas en 1985 y compitió directamente contra el primer casino de su socio, Harrah's Marina.

Al año siguiente, Harrah vendió su participación en el Trump Plaza por más de U$S 220 millones.

Luego Trump fue tras el casino más grande de todos, el Taj Mahal, que Resorts International -constructor del primer casino de Atlantic City-, había levantado.

Incluso antes de que el Taj abriera, la Comisión de Control de Casinos de Nueva Jersey estaba preocupada por la viabilidad del casino dados sus costos en rápido aumento, y consideraba la revocación de su licencia. Los reguladores siguieron de cerca el desempeño financiero de los casinos Trump.

Trump dijo a la Comisión en 1988 que podía controlar a los gastos, pues los prestamistas estaban haciendo cola para darle dinero a bajas tasas de interés. Dijo que aborrecía los bonos basura, que eran entonces muy populares, ya que llevan a un mayor riesgo de impago y así llegaron con tasas de interés más altas.

Unos meses después dio marcha atrás, con la emisión de U$S 675 millones en bonos basura, con una tasa de interés del 14%, para terminar la construcción y tener abierto el Taj. En entrevistas recientes, Trump dijo que con cada financiación se llevó dinero de los casinos para invertir en bienes raíces en Manhattan. La deuda total en el Taj superó los U$S 820 millones.

Menos de dos semanas antes de la apertura del casino, Marvin Roffman, analista de Janney Montgomery Scott, una empresa de inversión con sede en Filadelfia, dijo a The Wall Street Journal que el Taj necesitaría reunir U$S 1,3 millones al día sólo para pagar intereses, una suma que ningún casino había alcanzado nunca.

Trump contraatacó, exigiendo que Janney Montgomery Scott despiediera a Roffman. Cosa que hicieron.

"Fue condenado mucho antes del comienzo", dijo Bucky Howard, que fue promovido por Trump como presidente del Taj cinco días después de su apertura, en una entrevista reciente. "Le dije que iba a fallar. El Taj estaba subfinanciado".

Trump tenía problemas para hacer los pagos de la deuda del Taj y sus otros casinos. También quedó claro que el Taj canibalizó el Castle y el Plaza, cuyos ingresos se redujeron en U$S 58 millones el año que abrió.

Si bien los ingresos por el juego en Atlantic City fueron aplanados en 1990, aumentando solo un 1,35%, debido a la recesión nacional, Perskie, el regulador de casino, recordó que ningun establecimiento estaba en la forma financiera catastrófica de Trump.

Al mismo tiempo, el imperio de bienes raíces de Trump en Manhattan, donde la recesión redujo los valores de propiedad, también estaba fallando.

En un informe de agosto de 1990, los reguladores de Nueva Jersey señalaron la "enorme volumen de la deuda" en las explotaciones de Trump: U$S 3.400 millones, incluyendo U$S 1.300 millones en los casinos y U$S 832,5 millones en préstamos garantizados personalmente por Trump. Los reguladores advirtieron entonces que "la posibilidad de un colapso financiero completo de la Organización Trump no estaba fuera de la cuestión".

El Taj Mahal no alcanzó a realizar el pago de la deuda en noviembre. El Castle, un poco más tarde, tampoco.

Para diciembre de 1990, cuando Trump necesita hacer un pago de intereses de U$S 18,4 millones, su padre, Fred C. Trump, envió a un abogado al Castle para comprar U$S 3,3 millones en fichas, lo que le proporcionaba una inyección de dinero en efectivo. Trump hizo el pago, pero la Comisión de Control de Casinos multó al Castle por U$S 65.000, por consideraar eso como un préstamo ilegal.

Como todas sus empresas se acercaban a colapso, los prestamistas de Trump insistieron en que presentara un plan de negocios, nombrara a un director financiero de la Organización Trump y vendiera, entre otras cosas, la línea aérea Trump, su yate y su participación en el Plaza hotel de Nueva York, que también se declaró en quiebra.

Poco más de un año después de su apertura, el Taj Mahal estaba ante la Corte de Quiebras, seguido en 1992 por el Plaza y el Castle. En el plan que fue elaborado, Trump cedia a los prestamistas una participación del 50% en las empresas a cambio de tasas de interés más bajas. Los prestamistas acordaron diferir ciertos intereses y mantenerse a distancia de las reivindicaciones personales contra Trump durante cinco años. Pero había poca o ninguna reducción en las enormes deudas que debia honorar su imperio de juegos de azar en el futuro.

"Al principio, tomé un montón de dinero fuera de los casinos con los financiamientos y las cosas que hicimos", dijo en una entrevista reciente. "Atlantic City fue una muy buena fuente de ingresos para mí durante mucho tiempo".

"Él ayudó a ampliar Atlantic City, pero no puso el capital en los proyectos en los que debía tener para garantizar su solvencia", dijo Steven H. Norton, un consultor de casino y un ex ejecutivo de Resorts International. "Cuando se fue a la quiebra, no solo le costó dinero a los tenedores de bonos, sino que lesionó una gran cantidad de pequeñas empresas que le ayudaron a construir el Taj Mahal".

Sus acuerdos con los prestamistas y las dos quiebras de sus casinos en esos años todavía dejan a Trump personalmente responsable de más de U$S 100 millones de deuda, y sus acuerdos sólo habían retrasado la hora de la verdad: el 30 de junio de 1995. Se ocupó de este peligro desplazando parte de su deuda personal en sus casinos, y luego a los accionistas.

En 1993 su compañía vendió más bonos basura, añadiendo otros U$S 100 millones en deuda con el casino Trump Plaza. Más de la mitad del fresco dinero tuvo como destino pagar los préstamos personales de Trump.

Luego, en junio de 1995, con el riesgo de ser forzados a la quiebra, Trump cambió la propiedad del Plaza a una nueva compañía cotizada en bolsa: Trump Hotels & Casino Resorts. En la oferta pública inicial, 10 millones de acciones se vendieron a U$S 14 cada una. Al mismo tiempo, la compañía también vendía otros U$S 155 millones en bonos basura, a una tasa de interés del 15,5%.

Convertirse en una empresa pública, colocaba a Trump con la responsabilidad de poner en primer lugar los intereses de los accionistas. Pero siendo el mayor accionista y presidente de la Junta Directiva, en general, podía cumplir con esta obligación mediante la obtención de la aprobación de su consejo de administración y revelar detalles financieros de las comunicaciones enviadas a la bolsa de valores.

Una semana después de la oferta pública inicial, la nueva compañía comenzó a utilizar algunos de los casi U$S 300 millones que había reunido para borrar las deudas personales de Trump. Durante su presión financiera dos años antes, el Chemical Bank había obligado a Trump a renunciar a su condición de propietario de Trump Regency, un hotel unicado al lado del Trump Plaza. Mantuvo una opción para recomprarlo nuevamente por U$S 60 millones, incluyendo la deuda en el hotel y U$S 35,9 millones que él personalmente le debía al banco de la compra de una propiedad de Manhattan. La nueva compañía ejercitó esa opción, con la transferencia de la deuda del Trump a su propio balance.

En 1996, la empresa pública emitió más acciones y vendió U$S 1.100 millones en bonos basura. El dinero se utilizó en parte para pagar U$S 330 millones en bonos del Plaza que habían sido garantizado por una empresa controlada de Trump, así como casi U$S 30 millones de dólares que Trump debía personalmente a dos bancos. La compañía también compró el Trump Taj Mahal y el Trump Castle (pronto cambió el nombre por el de Trump Marina) desplazando más de la deuda de Trump a los accionistas.

La vuelta

Trump celebró su cumpleaños número 50 en junio en el Taj Mahal, y una ráfaga de noticias citaban que el empresario estaba "de vuelta".

Sin embargo, algunos analistas - y el mercado de valores -
vieron a los U$S 525 millones de dólares que la empresa pública había pagado por el Castle era demasiado. Los títulos comenzaron una larga caída, pasando de alrededor de U$S 35 por acción antes de la venta, a U$S 12 meses más tarde. Los accionistas demandaron, alegando que el precio de compra del Castle, que incluía aproximadamente U$S 175 millones en efectivo al holding privado de Trump, había sido un acuerdo "rudo e injustificado".

Otra fecha crucial quedó marcada en 1998. Trump personalmente tenía una deuda de U$S 13.5 millones con Donaldson, Lufkin & Jenrette, el banco de inversión que habían suscrito la oferta pública inicial en 1995. Bajo los términos de ese préstamo, estaba en peligro de impago, debido a que el precio de las acciones de Trump Hotels & Casino Resorts (THCR) habían caído fuertemente. Un default habría hecho perder el control de la empresa. En cambio, la empresa de casinos le prestó el dinero para pagar al banco. Un accionista inició una demanda, acusando a la junta directiva de incumplir su responsabilidad fiduciaria.

"THCR es una compañia de casino y entretenimiento", se leía en la demanda presentada en 1999. "No está en el negocio de prestar dinero. La compañía necesita desesperadamente efectivo para apuntalar su condición de deterioro financiero".(La causa se abandonó en el 2000, poco después que Trump pagó a la compañía).

De hecho, la compañía registró una pérdida de U$S 66 millones en 1996, U$S 42 millones en 1997 y U$S 40 millones en 1998. Estas pérdidas continuarían.

Aún así, Trump hizo dinero, recibiendo U$S 1 millón al año por lo que era esencialmente un trabajo a tiempo parcial. En 1996, se le pagó un bono de U$S 5 millones. La empresa pública le prestó U$S 3 millones para cubrir los costos en que hubiera incurrido mientras se exploraba la posibilidad de abrir un casino en Indiana. Luego se le condonó el préstamo cuando la acción logró el objetivo de precio.

La compañía de casinos alquiló espacio de oficinas en la Torre Trump en Manhattan, y otros negocios del Trump se pagaron para entretener a sus "clientes de gama alta". Se dijo más tarde en una demanda que al menos una parte del dinero fue para pagar artistas de renombre, incluyendo a Celine Dion, Tony Bennett y Billy Joel, que había aparecido en el Mar-a-Lago, el resort de Trump en Palm Beach, Florida. En la respuesta a la demanda, la compañía de Trump no impugnó esta alegación.

Casinos Trump indicaron haber perdido aproximadamente U$S 300.000 al año en "gastos de piloto" para el transporte de jugadores de alta gama en el jet privado de Trump. La empresa nunca dio a conocer en comunicaciones a la Bolsa hasta qué punto se utilizó el avión por motivos relacionados con el casino.

El colapso de la empresa pública comenzó en 1999. Tan sólo tres años después de gastar cerca de U$S 60 millones para comprar de nuevo el Trump Regency Hotel y su remodelación, la compañía cerró. La compañía gastó otros U$S 26 millones para demoler el edificio.

En 2000, Trump despidió al CEO y se instaló en su lugar, prometiendo cambiar las cosas. El precio de la acción era por entonces de cerca de U$S 3.

Trump dijo a la agencia AP en ese momento: "Me concentré mucho en mi propiedades inmobiliarias de Manhattan en los últimos años. Ahora, voy a estar centrado mucho más en Atlantic City".

A pesar de que ha reconocido errores, Donald Trump mantuvo firmemente que sus complejos eran los mejores y de más alto rendimiento en Atlantic City.

"Los casinos hicieron todo muy bien desde un punto de vista comercial", dijo a la revista Playboy en 2004. "Las personas están de acuerdo en que están bien dirigidos, se ven bien y a los clientes les encanta".

En realidad, los ingresos en los casinos de Trump habían quedado sistemáticamente a la zaga de sus competidores, una década antes de los grandes estragos en el sector. A partir de 1997, su participación en el mercado de juego de Atlantic City comenzó a deslizarse desde su máximo del 30%.

Los ingresos de otros casinos de Atlantic City crecieron un 18% entre 1997 y 2002; los de Trump se redujeron en un 1%.

La competencia se hizo más intensa en 2003, cuando el imponente Borgata Hotel Casino & Spa abrió, y los ingresos de los casinos Trump cayeron otro 6% en poco más de un año.

Los ingresos de Trump habían crecido a un ritmo de otros casinos de Atlantic City, su empresa podría haber hecho el pago de intereses y posiblemente registrado un beneficio. Pero con debilesz ingresos y costos elevados, sus casinos tenían muy poco dinero para las renovaciones y mejoras, que son vitales para atraer a los clientes. La empresa pública nunca registró un año rentable.

En una entrevista reciente, Trump atribuyó su cuota de mercado a la baja en esos años al hecho de que sus tres casinos competían unos con otros. "Esa fue la mala noticia", dijo. "La buena noticia es que ahorré un montón de dinero en términos de hacer frente a los costos".

Cuando abrió el Borgata, Trump ya estaba pidiendo a sus tenedores de bonos a aceptar menos dinero, en preparación para una tercera quiebra. Sin embargo, al mismo tiempo, se las arregló para sacar más dinero de la empresa para sí mismo, según descubrió The New York Times.

Desde que THCR fue pública, Trump había sido atado por un "acuerdo de contribución" que le obligaba a participar en los negocios de juego sólo a través de su propia compañía y se le prohibió poseer personalmente más de un 5% de las acciones de cualquier otra compañía de casinos. Así que cuando compró el 10% de las acciones del Riviera Hotel & Casino, una empresa con sede en Las Vegas, Trump fue obligado a conceder una opción de compra de las acciones de su corporación pública.

Sin embargo, cuando vendió las acciones del Riviera en abril de 2004, la empresa, que tenía derecho a los beneficios, simplemente canceló la opción, sin ninguna explicación.

En sus comunicaciones a las bolsas, el Riviera informó que Trump había vendido las acciones en una negociación privada a U$S 10 por acción, muy por encima del precio actual. Eso hubiera generado una ganancia de más de 1 millón de dólares.

En ese momento, la compañía también estaba pidiendo a sus prestamistas una pausa en los pagos, y se dirigía hacia otra quiebra.

"Básicamente, eso suena como una transferencia fraudulenta", dijo David Skeel, un profesor de leyes de quiebra de la Universidad de Pennsylvania.

"La empresa está tirando el dinero", dijo el profesor Skeel. "Es el equivalente de dar grandes bonos a sus ejecutivos justo antes de declararse en quiebra".

Pero los abogados involucrados en el caso de quiebra, dijeron que la transacción aparentemente había pasado desapercibida.

En una entrevista reciente, Trump dijo que no recordaba esa transacción o por qué la junta había cancelado su opción.

Meses más tarde, en noviembre de 2004, la empresa se declaró en bancarrota, la tercer vez que los casinos Trump iban ante la Corte.

Esta vez los tenedores de bonos tuvieron una pérdida de U$S 500 millones. Trump, quien renunció como presidente ejecutivo, pero permaneció presidente de la junta, se comprometió a invertir U$S 55 millones de su propio dinero en la empresa, tal vez su primera inversión en efectivo. Todavía recibió U$S 2 millones al año en virtud de un "contrato de servicios", que incluía el uso de su nombre.

"Por primera vez en la historia, esta será una empresa desapalancada," dijo Trump al diario Las Vegas Sun en 2005.

No todo el mundo estuvo de acuerdo. Los banqueros de inversión de toda la vida de Trump en Donaldson, Lufkin & Jenrette habían echado atrás de un acuerdo con Trump para invertir en la empresa poco antes de la presentación de la quiebra. Consideraron que los casinos estarían de regreso en la Corte de Quiebras dentro de cinco años, debido a que las proyecciones de ingresos eran demasiado optimistas y la compañía todavía estaba con demasiada deuda.

"El nombre de Trump no hace referencia a los servicios de alta calidad y servicio de primera clase en la industria de los casinos", dijeron los abogados del banco de inversión en una demanda. "Por el contrario", el nombre Trump se asocia con "la falta de pago de las deudas, una empresa que ha perdido dinero cada año, y propiedades con necesidad de mantenimiento diferido, y en retraso respecto de sus competidores".

El alejamiento

Cuando Donald Trump se jactó sobre el rendimiento de sus casinos durante su campaña presidencial, dijo en repetidas ocasiones que dejó Atlantic City en el momento adecuado.

"Atlantic City es un desastre, y lo hice muy bien en Atlantic City", dijo durante un debate del Partido Republicano en septiembre pasado, según una transcripción. "Yo sabía cuándo salir. Mi tiempo fue genial. Y tengo una gran cantidad de crédito por ello".

Eso hace pensar que Trump voluntariamente dejó el mercado en algún momento en el 2006, año en que los ingresos alcanzaron su punto máximo en Atlantic City y que Pennsylvania permitió abrir su primer casino, un desarrollo que marcó el comienzo de una espiral descendente en la ciudad. La baja de ingresos fue exacerbada por la recesión que comenzó en 2008.

Sin embargo, a principios de 2009, cuando los casinos Trump fueron hacia la quiebra por cuarta vez, Trump todavía estaba tratando de salir adelante. En desacuerdo con miembros de la junta que habían sido seleccionados por los tenedores de bonos después de la quiebra de 2004, se ofreció a comprar la totalidad o una parte de la compañía de casinos que lleva su nombre. Fue rechazado, y que dejó la junta poco después.

Testificando en la Corte de Quiebras, Trump sostuvo que la compañía no podía usar su nombre, ya que desde poco antes de presentar la quiebra se le había dejado de pagar U$S 166.000 al mes bajo el acuerdo de servicios. Él testificó que su marca era de un valor de U$S 3.000 millones. También declaró que estaba negociando personalmente la resolución de una demanda en Florida que produciría más de U$S 100 millones para la empresa.

Y contradiciendo lo que había dicho después de la anterior quiebra, declaró que la carga de la deuda de la compañía era todavía demasiado alta.

Al igual que en casos anteriores, muchos advirtieron que no se podía confiar en las promesas de Trump. Esta vez fue Carl Icahn, el inversor activista que tenía una participación importante en la empresa. (Los dos hombres que ahora se describen como amigos, incluso Icahn apoya la candidatura de Trump a la Casa Blanca).

El equipo de Icahn argumentó que la deuda restante seguía siendo insoportable, que el nombre Trump era reemplazable, y que un golpe de suerte en la demanda de Florida era una ilusión. Bajo Trump, la empresa tenía una larga historia de hacer roseas proyecciones de ingresos y nunca hacerles frente, argumentó el abogado de Icahn.

Sin embargo, un juez aprobó el plan de Trump y señaló que él y sus partidarios habían establecido "que la marca Trump vale de millones de dólares" para los casinos.

Esta vez, los tenedores de bonos renunciaron a alrededor de 1.300 millones de dólares a cambio del control de la empresa. Por primera vez, Trump no tuvo ningún papel oficial en la compañía que había fundado, y en la que poseía más del 10%.

En una entrevista reciente, reconoció que dejó Atlantic City cuando lo hizo porque fracasó en su intento de volver a comprar los casinos. "En 2009 valían un infierno de mucho más de lo que son ahora", dijo. "A veces es mejor la suerte que ser bueno".

Trump Marina pronto se vendió por U$S 38 millones, menos del 10% de lo que la empresa pagó al sTrump por ella en 1996. El Plaza fue cerrado. La demanda en Florida que Trump había valorado en más de U$S 100 millones no produjo nada para la empresa. Trump y su hija Ivanka demandaron a la compañía, diciendo que su marca estaba siendo empañada por la imagen destartalada del Taj Mahal.

En 2011 Trumpo continuó recibiendo dinero de los casinos, los que reportaron el alquiler de un helicóptero de Trump por U$S 390.000 y un gasto de U$S 236.000 por "mercadería etiquetada Trump", incluyendo U$S 197.000 para el agua de hielo embotellada Trump.

En retrospectiva, David Hanlon, un ejecutivo del casino veterano dijo que Trump logró convencer repetidamente inversores, banqueros y a Wall Street de que "su nombre tenía un valor real".

"Estaban tan enamorados de él que volvieron una segunda, tercera y cuarta vez", dijo Hanlon. "Le dejaron retirar los activos. Fue horrible de ver. Fue asombroso. Tengo que dar crédito a Trump por el uso de su tiempo y su celebridad otra vez".

En 2014, la empresa de casinos se declaró en quiebra por quinta vez. El CEO citó el nivel de la deuda después de la quiebra de 2009 como la razón principal de la situación a la que había llegado.

"Las personas subestiman la capacidad de Donald Trump para saquear la compañía", dijo Sebastián Pignatello, un inversor privado que en un momento tenía acciones en los casinos Trump por más de U$S 500.000. "Dirigió estas empresas a la quiebra por su mala gestión, la deuda y su saqueo", apuntó.


 

 

Fuente:www.nytimes.com

 

 


 
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