“Es muy triste”, dijo Claudia Quintero, nacida en Miami hace 34 años de padres nicaragüenses y asistente de entrenador de galgos en el Kennel Club de Palm Beach fundado en 1932, uno de los ocho canódromos que siguen abiertos en Florida y que deberán poner fin a las carreras antes del 1 de enero del 2021.

Varios espectadores que presenciaban las carreras este fin de semana coincidieron en que siempre hay gente que comete maldades, pero no es la generalidad en esta industria.

“Nadie aquí va a querer hacer daño a unos animales que dan de comer a tanta gente”, señaló la mexicana Rosana Baza, supervisora de limpieza del canódromo, que a su entrada tiene hasta un “hall de la fama” con estrellas en el piso con los nombres de los galgos que más victorias y más fama lograron.

La mayoría del público son personas de más de 60 años, aunque también hay turistas del norte de Estados Unidos que quisieron conocer en sus vacaciones uno de los últimos reductos de unas competiciones que comenzaron en Estados Unidos en los años 1920 y cuya popularidad se extendió por Europa y América Latina.

Marcelino Morales y José Ortega, dos septuagenarios cubanos que viven en Estados Unidos desde 1980, visitaron el Kennel Club varias veces a la semana y disfrutaron apostando pequeñas cantidades.

Ortega dice que votó “no” a la llamada Enmienda 13 y se pregunta por qué no prohíben las carreras de caballos si son “la misma cosa”. Morales dice que lo máximo que ganó con una apuesta a los galgos fueron unos U$S 2.000 y que si no hubiera dinero en juego, no tendría la misma gracia.

Theresa Hume, encargada de comunicaciones del canódromo que el 17 de febrero cumplirá 87 años, señaló que el máximo que se llegó a pagar por una apuesta está entre los U$S 500.000 y los U$S 600.000.

Aunque hoy no arrastran multitudes, las carreras de galgos todavía tienen su público. En el 2017 el Kennel Club recibió a unos 550.000 aficionados o curiosos.

Según la Asociación de Galgos de Florida (FGA), de esta industria dependen en el estado más de 3.000 familias y más de 8.000 “bellos” canes “bien entrenados y tratados”.

Los canódromos de Florida produjeron más de U$S 220 millones en el 2017, de los cuales 80 millones correspondieron a las carreras en vivo.

Los otros 140 millones de dólares provinieron de las salas de juegos de azar y máquinas tragamonedas, además de bares y restaurantes, con que cuentan los canódromos, cuyos dueños pretenden que sigan funcionando después del fin de las carreras.

El futuro de los galgos que hoy corren detrás de un señuelo electrónico que no recuerda en nada a la liebre de los inicios de estas carreras, es incierto.

“No tomaron provisiones” para los perros, señaló Daniel Robbin, un voluntario de una de las organizaciones que desde hace años se dedican a buscar hogar a los galgos de carreras una vez que dejan de correr.

Robbin, de Greyhound Pet Adoption, cree que muchos de los que votaron “sí” lo hicieron sin tener información “correcta” acerca de una actividad que a su juicio no es dañina para los perros.

Jack Cory, encargado de comunicaciones de la FGA, habló con dolor de la Enmienda 13 y adelanta la posibilidad de una demanda millonaria contra el estado de Florida, que en el 2017 recibió U$S 11 millones por impuestos a los canódromos.

“Si los galgos fuesen maltratados y abusados, no se llegaría a un índice del 95 por ciento de adopciones”, indicó.

Cory subrayó además que ni GREY2K ni Human Society, las organizaciones detrás de la enmienda, tienen actividad alguna en Florida en favor de los animales y que lo que les interesa no son los perros, sino “recaudar fondos”.

Los galgos de carreras pasan el primer año de su vida junto a sus madres en los criaderos y luego empieza su entrenamiento. Pueden participar en carreras dos o tres años y cuando son retirados tiene cuatro o cinco años de vida, relató Cory.

“No es verdad que sean objeto de abusos”, dijo Robbin, que tiene un galgo adoptado que participó en 153 carreras y hoy tiene ocho años.