La Desvergüenza

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Por Germán Gusano Serrano*

Los “apuestavirus” son una familia de “virus” cuyo origen es todavía bastante desconocido. Sus diferentes tipos provocan desde una respetable y pacífica apatía, hasta un síndrome de aversión grave y muy conflictiva para el bienestar de una comunidad. Este fin de semana han perpetrado un nuevo ataque en la sede central de una empresa cotizada, con el objetivo de que coincidiera su repercusión con el amanecer del lunes, junto al anunciado texto y medidas del Proyecto de Real Decreto de Comunicaciones Comerciales de las Actividades de Juego, con un estilo totalitario e intolerante y por parte de unos sinvergüenzas a los que les sirve cualquier excusa para violentar libertades, actividades o personas.

Estoy convencido que no les guía ninguna ideología en particular, simplemente son descerebrados con una importante pátina de delincuencia cobarde, con el amparo de una ficticia alarma partidista creada con fines electorales y protagónicos en una sociedad cada vez más bananera.

He olvidado ya el recuento de los escraches que se han producido en estos últimos meses que, por cierto, incluso se han vuelto contra los propios que han alentado a estos "ninis". Ni saben lo que engloba esta industria, ni tienen dos dedos de frente para entenderlo ni comprenderlo. Puede que sean la mismas "brigadas" que se manifiestan al toque de corneta por su propio aburrimiento vital y, al tiempo, sirven de regocijo a los titiriteros que los manejan, conocedores de que emplean su tiempo con el ansia de medrar a base de pintadas, pedradas o bengalas y conseguir ser premiados con algún reconocimiento intragrupal.

Estos inútiles sociales no saben nada de lógica ni de sentido común ni, por supuesto, saben de eso denominado interés general. Van repletos de una anhelada y ágil imbecilidad, destrozando mobiliario urbano, vehículos privados, locales, trenes o parques infantiles. Esta cualidad, tan reconocida por los nauseabundos olores que desprende su pobre y bélico ideario, es directamente proporcional a la seriedad de una industria que ya no sabe cómo identificar, afrontar ni finalizar este horrendo camino para alcanzar la paz social, alterada continuamente por los típicos "revientaclases" que no eligieron, por sí mismos, estudiar.

A estos bandarras, intelectuales de botellón, no tienen capacidad para darse cuenta que están siendo vilmente utilizados para reforzar unos intereses que nada tienen que ver con los suyos particulares y que, precisamente, aprovechan su nulidad de entendimiento para dirigirlos hacia la continua bulla ciudadana. Son unos arietes sociopolíticos.

No entienden qué significa la libertad, ni la tolerancia, ni la integración, ni la educación, esos términos que tanto usan en conversaciones callejeras para justificar y cometer estas u otras tropelías. Que alguien elija su orientación sexual, su tipo de alimentación, su formación o su vestimenta sí lo ven propio del libre albedrío, sin embargo, elegir jugar o apostar es maligno. Simplemente, no se dan cuenta de la verdad que esconde esa postura: su infantilismo extremo. Ellos mismos se reconocen inoperantes mentalmente para decidir sobre
una u otra opción de entretenimiento. Simplemente, no acudan a salas de juego ni apuesten "señores". De los grupos vulnerables ya se ocupan la normativa, la respetuosa industria y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad encargados de su inspección y sanción.

No admiten discusión sobre la importancia de lo que ellos "defienden", la fuerza jurídica de las restricciones impuestas al ejercicio de la libertad civil de jugar nunca les satisfacen ni lo hará en un futuro. Pretenden imponer su voluntad sobre cualquier normativa, evidentemente porque no respetan ni creen en ninguna ley o restricción que vaya contra su absurdo pensamiento en cada uno de sus momentos vitales, fuertemente marcado por un halo antisistema y tintes populistas.

¿Dónde están los límites para estos encapuchados? ¿En qué futuros términos va a tener que desarrollarse la actividad? La ya existente prohibición de la entrada de grupos vulnerables y su control extremo, la mayor restricción de la publicidad o el exceso normativo que, por supuesto, desconocen y cualquier otra medida en estas cuestiones, no están impidiendo el incremento de los focos de contagio ni el atropello de la actividad ni los temores que infligen con sus manifestaciones a los empleados que acuden a su puesto de trabajo, todo ello ante la pasividad e incluso alientos de determinados entornos.

Los principales medios generalistas, tan proclives a dar pábulo a estos ineptos delincuentes e idearios, que atacan escenarios de ocio y a sus representantes, deberían defender la libertad, la tolerancia y la igualdad para que estos imperdonables e injustificables embestidas a esos mismos valores se conociesen y se criticasen con igual esfuerzo periodístico.

Lo que debe hacer el Gobierno, ministros y ministras, es dejar de arengar a este grupúsculo de salvajes, infectando sus mentes con términos como "lacra", "virus" o "vicio". Señores, en esa línea, este país va a ser ingobernable por y para ustedes mismos.

La industria que sobreviva a este caos, va a tener que implementar, a la entrada de sus locales y para el uso de sus productos, diferentes controles de temperatura, analíticas, historiales médicos y cuestionarios psicológicos variopintos para premiar con el semáforo verde al consumidor que supere todos y cada uno de ellos. Todo lo que la libertad exige.


 

 

*Abogado y politólogo. Autor de varios libros sobre la industria de los juegos de azar. Director de la Fundación Codere hasta julio del 2018 cuando suspendió su actividad

 

 


 
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