Macao Es Macao

Es probable que los productores de la saga Resacón en Las Vegas, -¿Qué pasó ayer? en Latinoamérica- y su secuela, Resacón en Tailandia, ya estén barajando la posibilidad, pero, si no, sería interesante que desarrollaran la próxima entrega en los escenarios que brinda Macao, una ciudad que daría mucho juego (nunca mejor dicho) para otra historia alocada de un grupo de amigos con ganas de vivir experiencias al borde de los límites. Esta sería, sin embargo, una versión diferente, porque Macao es un lugar mucho más surrealista que Las Vegas y Bangkok.

Es sabido que a los chinos les encantan las apuestas y los juegos de azar, y siendo este el único lugar en China en el que el juego es legal desde hace más de 150 años, resulta de pura lógica que a medida que el gigante asiático se enriquece, más dinero todavía se mueva en los 33 casinos que operan desde que el Gobierno acabase en 2002 con los cuarenta años de monopolio del casino Lisboa, que manejaba Stanley Ho, un hombre hecho a sí mismo que se ganó el apodo de 'El señor del juego'.

Este negocio es un monstruo de veras insaciable, alimentado por estas grandes corporaciones a las que no les tiembla el pulso a la hora de firmar contratos de inversiones multimillonarias. Así, decenas de grúas por todas partes demuestran que siempre están en marcha megalómanas ampliaciones y remodelaciones en una espiral de competencia que parece no tener fin. Mientras tanto, el ambiente en las salas de juego se antoja tan raro que dan ganas de frotarse los ojos una y otra vez.

Los chinos se andan con pocas bromas y a esta ciudad se viene a jugar, así que la escena no tiene nada que ver con el ambiente festivo y descontrolado de Las Vegas. Ni rastro de rubias explosivas ni de pandillas de amigos celebrando despedidas de soltero. El silencio impera en estos soberbios salones, salvo que se desaten algunas risas y felicitaciones cuando alguien gana y exceptuando también, claro está, las zonas de máquinas recreativas, cuya musiquita y tintineo de monedas resultan iguales en todo el mundo.

La superficie de Macao era hasta hace no tanto de apenas 16 km. cuadrados, que se repartían entre una península y dos islas. Siendo como es el rincón del planeta más densamente poblado, con algo más de 20.000 personas por km. cuadrado, la cuestión de conseguir más territorio para construir más casinos y hoteles en los que satisfacer las ansias de juego y consumo de los más de 30 millones de almas que la visitan cada año era un gran quebradero de
cabeza. Por fin, la solución que se vislumbró fue la de doblar el espacio disponible añadiendo una porción de tierra robada al mar, que une las dos islas de Coloane y Taipa mediante una franja drenada que se llama Cotai Strip, un nombre que resulta de la fusión de los otros dos.

Así pues, es aquí donde se alzan los gigantescos complejos The Venetian Resort, City of Dreams, Sands Cotai y Galaxy Macau Resort, todos ellos provistos de cientos de habitaciones en hoteles de lujo, piscinas con cascadas y toboganes, campos de golf, restaurantes de todo tipo -algunos con estrellas Michelin-, centenares de tiendas de las marcas más deseadas, espectaculares teatros y espacios para eventos en los que actúan estrellas de la talla de Rihanna y Justin Bieber y, por supuesto, infinitas salas de juego.

Con 40 plantas que suman 980.000 m. cuadrados en total, de los cuales 110.000 son espacios para eventos y 51.000 de casino, con 800 mesas de juego y 3.400 máquinas, The Venetian, el sexto edificio más grande del mundo, reproduce con bastante similitud la Piazza San Marcos. A su alrededor, más de 350 tiendas y 80 bares y restaurantes, además del Venetian Arena, un centro de convenciones con 15.000 butacas.

En pasar de un lado a otro de Macao y en dejar atrás las luces de neón y el bullicio interminable se tarda apenas 15 minutos en coche, pero más que cruzar un puente la impresión que se tiene es la de haber traspasado una frontera tanto en el espacio como en el tiempo. Mientras que en la parte moderna todo son construcciones inverosímiles con acabados dorados y moquetas, en la zona colonial, la única que se ha mantenido al margen de este delirio, se camina por callejas pisando los adoquines que pusieron los portugueses en el siglo XVI. El Gobierno jugó bien sus cartas y se encargó de organizarlo todo para que el casco histórico quedase a salvo de la fiebre especuladora, recurriendo a la Unesco para lograr su protección.


 

 

Fuente:www.gentleman.elconfidencial.com

 

 


 

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