Las Riñas De Gallos En Argentina, Entre La Ilegalidad Y La Tradición

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Por Fabián Bataglia

Aunque están prohibidas por ley desde hace casi seis décadas, las riñas de gallos no sólo se realizan en varias provincias argentinas, sino que a su alrededor se desarrollan apuestas y negocios de ventas de estos animales que, además,  se publicitan a la vista de todo el mundo y pasan por el costado de la atención de las autoridades.

 

 

Con bombos y platillos, la provincia de San Luis anunció allá por agosto de 2009, la inauguración del "gallódromo" en la localidad turística de El Trapiche. Con ánimo rimbombante, y pese a ser considerado por la ley como un acto de crueldad equiparado con las corridas de toros, el entonces intendente Hugo Hissa fue uno de los principales promotores del "certamen Internacional de Riñas de Gallos".

En San Luis las riñas están autorizadas por una ley votada en 2006, contradictoria a la normativa nacional, la cual fue impulsada por el senador justicialista Sergio Álvarez y prevé multas en caso de que un animal muera. En ese caso, la autoridad organizadora deberá pagar una cifra equivalente a 500 litros de nafta súper, monto que deberá ser entregado a una organización pro defensa de los animales.

Las sociedades defensoras de los derechos de los animales y algunos legisladores, sumaron rechazos a la ley y dijeron que esta norma retrotrae a la sociedad puntana al siglo XIX. Pero la iniciativa contó, y cuenta, con le apoyo del gobierno de San Luis y de miles de entusiastas que dicen que Rodríguez Saá es un pionero en el respeto de las tradiciones.

Esta práctica, sin embargo, no es patrimonio exclusivo de la provincia de San Luis. En Santiago del Estero, donde la actividad también está permitida, se realizó en agosto último el Mundial de Riñas de Gallos en las Termas de Río Hondo. Los defensores de esta competencia explican que los gallos de riña pueden morir si no pelean ya que "nacieron para eso" y que las disputas están tan enraizadas en la población que es inútil prohibirlas.

Los galleros advierten que actualmente la tasa mortalidad de ejemplares es casi nula, ya que los propietarios defienden la inversión que significa preparar un gallo para pelea, y que además las púas que se utilizan son plásticas a diferencia de las antiguas hechas de acero. No obstante, los grupos defensores de los animales advierten que muchos de los gallos terminan tuertos o ciegos y muchas veces mutilados. Incluso, algunos galleros hacen pelear a sus gallos tuertos pues pueden, según las reglas del juego, aventajar en peso a sus contrincantes de vista plena.  

Pero las peleas de gallos no son simplemente para entronizar a una de las aves como campeona, sino que en torno al juego se manejan apuestas. Éstas, a diferencia de las carreras de caballos, no están determinadas por tickets, sino que se realizan a viva voz entre los dueños de los gallos y entre el público presente, quienes esgrimen billetes buscando en medio del público al contrincante que acepte la apuesta. Al no ser una actividad de las clases más pudientes, las apuestas no son abultadas en lo particular, pero según la concurrencia, pueden mover montos significativos en cada encuentro.

En provincias donde está vigente la prohibición, como La Rioja, las peleas son moneda corriente e incluso son auspiciadas por los funcionarios oficiales. En Córdoba, existen muchos galleros y la actividad también es una costumbre centenaria, pero totalmente ilegal. Es muy común que las autoridades cordobesas realicen requisas en depósitos donde se llevan a cabo riñas de gallos, sobre todo en la periferia de la ciudad capital, y secuestren a los animales, arresten a los concurrentes y decomisen grandes partidas de dinero producto de las apuestas.

En Buenos Aires, otra de las provincias donde está vigente la ley nacional, las riñas de gallos y las apuestas se están convirtiendo en un furor, sobre todo en zonas del conurbano, en donde la policía ya desbarató varios galpones convertidos en gallódromos gracias a las denuncias de las asociaciones de derechos de los animales y de particulares. Las autoridades bonaerenses concuerdan en que  las riñas de gallos aumentaron de forma inusitada en los últimos años y que convocan a galleros de varias provincias.

Indiscutiblemente, aunque la ley es clara con respecto a esta actividad, existen cerca de cien mil cabañas y pequeños criaderos en todo el país. Los galleros, por su parte, defienden su postura y explican que las riñas se enmarcan en una costumbre de muchos años, la cual va a ser muy difícil erradicar. Ellos explican que el oficio de criador de gallos de peleas lo heredaron de sus padres y éstos de los suyos, por lo que consideran que su labor es la sostenedora de una tradición, de una fiesta vernácula que muchos sectores de la sociedad consideran brutal, absurda  y aberrante.


 

 


 
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